En el calendario del Año Litúrgico, al domingo siguiente al de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.
La palabra Pentecostés proviene del griego y significa día quincuagésimo. Día en que conmemoramos lo narrado en el libro de Hechos de los Apóstoles cap. 2 y la acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia desde entonces.
Se utiliza el color rojo, que aquí simboliza el fuego del Espíritu Santo, para el altar y las vestiduras del sacerdote.
Origen de la fiesta
50 días después de la pascua los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34,22) para dar gracias por las cosechas. Posteriormente el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.
En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre. La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar dicha fiesta.
En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.
La Promesa del Espíritu Santo
Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (Jn 14, 16-17).
Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (Jn 14, 25-26).
Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,… muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,… y os comunicará las cosas que están por venir” (Jn 16, 7-14).
Cumplimiento de la promesa
Era el día de la fiesta de Pentecostés y los apóstoles junto con la Madre de Jesús se encontraban reunidos. Antes de aquel día tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. Entonces quedaron todos llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas para ellos desconocidas.
En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta judía. Muchos de ellos les oían hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.
Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal. El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, infundiendo sobre ella sus siete dones, dándoles el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús; para preservarlos en la verdad (Jn 14,15); para disponerlos a ser testigos de Jesús para llevar su palabra a todas las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Es el mismo Espíritu Santo que, desde hace dos mil años hasta ahora, sigue descendiendo sobre quienes sabemos somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad responsable de extender el Reino de Dios, reino de amor, justicia, verdad y paz entre los hombres.
Basado en: Especial de Pentecostés y otras fuentes.